Fundación de la sección femenina del Opus Dei
El 14 de febrero no sólo es san Valentín, sino que se cumplirán 8o años de la fundación de la sección femenina del Opus Dei por san Josemaría Escrivá.
En esos años era impensable la proyección que esto tendría, y el Fundador fue un adelantado para su época también en ésto. ¡Cuántos malos ratos debió sufrir por predicar la igualdad de dignidad y capacidad de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad! y valió la pena. Hoy esta labor se extiende por todos lados y mientras más se logra, más se nota lo mucho que falta. BIen lo dice el Prelado en su carta de febrero. No agrego nada más, dejo hablar a don Javier Echevarría:
Desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos. Si la predicación de San Josemaría sobre la santificación de las realidades terrenas encontró tantos obstáculos en los años 30 y 40 del pasado siglo, pensad en las dificultades que se añadían cuando esa invitación a santificar todas las profesiones honestas, se dirigía a un público femenino.
Hoy día se reconocen a las mujeres —y es lógico— las mismas posibilidades que a los varones en múltiples campos, pero ochenta años atrás no sucedía así. Entonces era poco frecuente, por ejemplo, que cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Muchos lustros después, el Concilio Vaticano II proclamaba: «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga»
A mí no me queda sino la gratitud por haber sido fiel para abrirnos todos los caminos que podíamos recorrer aportando lo que desde nuestra femineidad -bien entendida- podemos aportar a la Iglesia y a la humanidad.
Marita


















